27 abril 2009

MITAD DENTISTA MITAD PSICÓLOGO

MITAD DENTISTA MITAD PSICÓLOGO

El susodicho toda la vida ha sido serio, hasta mis amigas me decían que tenía cara de pocos amigos pero ya cuando lo conocían hasta le adivinaban que cuando torcía la boca del lado derecho significaba que algo le había causado gracia, así un poco inexpresivo que es este hombre, ya cuando empieza el vinito tinto hasta agarra confianza y empieza a contar chistes groseros.

Pero no todo en su cara seria ha sido malo, algo de confianza ha de inspirar que sus pacientes empiezan un tratamiento de odontología y terminan con sesiones de psicología. No sé si sea por el sillón ese de dentistas que se acuestan un poco y se relajan (mientras no oigan el zumbidito ese zzzzzzzzzzzzz de la maquinita esa para las limpiezas que no más de oirla se te enchina la piel), y le empiezan a contar al susodicho toda clase de cosas, y luego el susodicho ya que estamos metidos en la cama si no hay programa de deportes me cuenta que si fulanita ya no se lleva con su marido, que si sutanita se peleó con los hijos, que si menganito tiene problemas y así, una de cosas que no vieran.

Tiene una paciente de unos 75 años la mujer, que la primera vez que la atendió el susodicho habrá tenido unos 60 y de ahí no pasan 4 meses seguidos sin que vaya a su terapia psicológica, ya es un poco de la familia, hasta cuando habla mis hijos le gritan: “Papaaaá, te llama la Abuela Bárcenas”, que ni la conocemos a la pobre pero hasta sentimos que la queremos. Se sienta la mujer en el sillón y hasta abre la boca como por costumbre, y el susodicho le revisa nada porque tiene los dientes de una quinceañera la condenada, y de ahí se suelta a contarle las últimas novedades y luego se va con el alma en paz.

Me acordé que la primera vez que me senté en ese sillón iba con un dolor del diablo por una mugrosa muela del juicio en pleno día Domingo, que no encuentras un consultorio dental abierto, y ahí fue cuando empezó todo. Me relajé igual que la Abuela Bárcenas, nada más que he de haber aflojado el cuerpo de más que este hombre me dejó con la boca abierta. Ay les juro que se me acercaba y zumbaban más mis patitas que la maquinita esa. El muy degenerado me sacó 3 muelas de un tiro y ahí fue que perdí todo mi juicio. Me preguntaba cosas, que si hace cuánto que había ido al teatro, que si qué tipo de comida me gustaba y entre la manguerita y que tenía la boca toda anestesiada le respondía con puro: Uuuuuuu, aaaaaa, eeeeeee, que ni cuenta me dí a qué hora me invitó a salir el condenado pero dice que yo dije: iiiii, que significa SÍ ¡háganme favor!

Total, las siguientes veces que fui a sentarme al silloncito ese para revisión y esas cosas, la consulta tardaba horas y el tiempo se nos iba en pura plática. Por eso entiendo bien a la Abuela Bárcenas, que si no fuera tan abuela y estuviera (.)(.) 90-60-revienta, al que le antestesiaría yo misma el cuerpo entero sería al susodicho por andar escuchando las intimidades de una pobre señora ¡Pos este!

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