13 marzo 2006

EL VALOR DE UN CÓDIGO SECRETO

EL VALOR DE UN CÓDIGO SECRETO


El sábado, el susodicho y yo nos quedamos hasta tarde viendo la televisión por cable donde hay un montón de canales bloqueados que seguramente han de ser de esos llenos de sexo y violencia, ¡qué nostalgia de ver esas cosas! Y es que últimamente del dichoso Animal Planet no pasamos y todo porque nos remordió la conciencia con el hooligan que el otro día venía muy contento diciendo, “¿Quién quiere ver el Cazador de Cocodrilos conmigo?” y así como si hubiera venido el Copperfield en dos patadas nos desaparecimos todos.

Luego ese mismo día lo escuchamos hablar dormido. A este escuincle le da por sacar todo lo que pasó en el día cuando sus neuronas se relajan, ¡pobre! Seguramente será el único hombre completamente fiel del mundo por que donde se le ocurra andar de lagartón en un ronquido le queda el delito confeso y la esposa me lo mata. El pobre decía así como entre suspiros: “MMmmnadie me quiere, nadie quiere ver la tele conmigooozzzzzzz” y ahí fue donde nos agarró el remordimiento de conciencia de que por nuestra culpa ande cargando traumas en la vida ¡Ni Dios lo mande!

Así que mejor el susodicho y yo optamos por el PLAN B: Hacer que se queden dormidos estos escuincles y luego plantarnos a ver nuestros canales en la tele, así que adelantamos los relojes, cerramos cortinas y apagamos todo. Todavía se escuchaba afuera algún niño jugar y antes de que el hooligan preguntara que porqué si “era tan noche” había gente afuera yo me adelantaba y le decía “¡Qué barbaridad escuincles a estas horas de la madrugada qué horror, se nota que nadie los cuida!” y el pobre se quedaba muy complacido. Después de todo no fue nada fácil hacer que esta casa se volviera de medianoche cuando apenas iban a dar las ocho.

Ya cuando oímos el tan esperado silencio nos paramos de la cama y nos fuimos a la tele de abajo sin hacer ruido. ¡Dios de mi vida, qué ansias! Y es que hace 14 años que el único desnudo que vemos en la televisión es el del comercial del Epilady. Así que para pronto nos servimos una botanita, un vaso de leche y nos sentamos cada uno en un sillón.

-¿Y ahora qué? – dijo el susodicho apuntándole con el control remoto a la pantalla con el letrero de “BLOQUEADO” de la televisión.

-Pues pícale el código.

-¿Cuál código?- me pregunta el susodicho haciéndome ojos de zombi.

-¿Qué no te acuerdas que el viejo que vino a poner el cable te dijo que pensaras un número para que quedara de contraseña?- le dije apretando los dientes para que no se me fuera a salir ninguna grosería en el inter.

¡Qué bruto! Le pusimos los números de mi cumpleaños, del suyo, de los hijos, aniversarios, hasta los números de la paloma mensajera que ganó el concurso y nada, a esas alturas lo único caliente no era ningún programa de esos, más bien era el control remoto de tanta combinación que pusimos.


-Mámá, Papá, ¿qué les pasa? – Nos dijo Lady Pubertiana jalándonos del hombro para despertarnos.

-¡Apaga, apaga que la niña está despierta!- le grité al susodicho entreabriendo el ojo, y el pobre hombre a punto de caerse al sillón se abalanzó por el control sin darnos cuenta de que nos habíamos quedado dormidos por ahí de la 534ava combinación.

Y así empezamos el Domingo, desvelados a más no poder, con los hijos acurrucados a un lado y para colmo viendo cómo se reproducen los malditos cocodrilos que no necesitan de ningún código para hacer sus porquerías.


¡Ya no hay justicia en el mundo deveras!

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