25 enero 2006

CANTANDO POR UN PAN QUEMADO

CANTANDO POR UN PAN QUEMADO

El Domingo estaba de lo más plácida haciendo milagros para la merienda de mis hijos porque estaban que a fuerzas querían un sándwich y nada más quedaban tres tristes panes para que estos tigres traguen en un trigal (¿leyeron de corriditoooo?)

Todo esto mientras ellos veían el programa ese del canal dos “Cantando por un sueño” cuando de repente escuché a los hijos gritando como locos. El susodicho se ofreció para irles a echar su sermón de Caín y Abel antes de que empezaran con su round a tres caídas.


Después de un rato, cuando estaba por darle la vuelta al pan, caí en la cuenta del silencio de ultratumba que había, así que mejor me fui directo al cuarto de la televisión a ver si este hombre no los había matado ya de un chanclazo pero no, ahí estaban los 3 muy tranquilos.

No es que no me guste ver la televisión, es que sencillamente en esta familia ese programa no se puede ver porque el susodicho que canta peor que camión viejo en subida, se pone más pesado que los jueces a calificarles la cuadratura a los concursantes mientras mi querido hooligan se pone a gritar “Que gaaaaaaane Sherlyyyyyyyyn, que gaaaaaaaaaane Sherlyn” con su voz de pito, ¡pobre! con razón se identifica con la tal Sherlyn que también canta con voz de pito la escuincla, y por más que le digo que no se esfuerce porque allá nadie lo escucha, él sigue con sus gritotes de que ganeeeee Sherlyyyyyn. Y para cerrar con broche de oro, Lady Pubertiana se apoltrona en el sillón de tres y se extiende por todos los cojines como perro de mercado asoleándose en plena banqueta, mientras los demás estamos sentados unos encima de otros. Así que imagínense nada más, bonita familia esta que se siente consagrada al concurso desde el otro lado de la pantalla.

Ya que me iba yo por los panes que dejé en el comal tostando con mi cara de sufrida esa que les hago de repente de: claro, ustedes sigan con su argüende que aquí va la mula de carga a hacerles su merienda esnif esnif, en una de esas que mi querido hooligan se aventó encima de Lady Pubertiana y dejó la vista libre, pude ver entre el público a alguien que se me hizo muy conocido. Me regresé a revisar gente por gente de la que tomaba la cámara y nada, volvían a pasar tomas de arriba abajo y nada, cuando de repente ¡zaz! Ahí estaba aplaudiendo de lo más campante, nada más y nada menos que mi hermano.

Al final, entre la güera oxigenada de suéter azul de la butaca del frente, o el fulano bigotón de lentes que estaba tres filas atrás y los tres tristes panes hechos carbón que quedaron sobre el comal, fui la única televidente del país odiada por una familia que tuvo que merendar cereal.


Y es que entiéndanme, después de todo no cualquiera tiene un hermano en la televisión, aunque sea de relleno en el público, pero no cualquiera ¿o no?

¡Pos estos!




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