23 noviembre 2005

BÚSCATE UN BARRANCO

BÚSCATE UN BARRANCO



Estaba recordando que cuando niñas mi hermana y yo nos fuimos una tarde, después de la mentada clase de una hora de guitarra que daban en la escuela saliendo de clases, a la parte trasera del edificio donde había un lote baldío muy grande. Mi hermana dijo que quería gritar groserías, al fin y al cabo no había ni quien nos oyera, y así se soltó la escuincla que no se sabía todavía la tabla del 9 pero se sabía todo el catálogo de groserías y sus aplicaciones, parada al filito del barranco con nuestros uniformes a despotricar madre y media con un sentir de libertad que no viene embotellado en ningún frasquito.

Yo creo que el pulmón derecho se le desgarró un poco porque no paraba de gritar, y luego le venía esa satisfacción grandísima de sentir de vuelta la vibración de un “ejo-ejo-ejo” que le devolvía el eco sobre los poros de la piel.

Nada más revitalizante que sentirse nueva de cuerpo y alma, de sacudir la podredumbre de adentro y tirarla para fuera. Y es que cuando se grita una grosería no sale un sonido cualquiera. Hay algo en el interior, ALGO que mueve las fibras de las cuerdas vocales y las hace vibrar como si una fuera Soprano dejándote una sensación de libertad indescriptible.

Y ahí, mientras mi hermana gritaba, yo veía el pastizal al otro lado, las piedritas de abajo que cruzaban el intento de río con olorcito a caño y me acordé clarito, como si le hubiera puesto PLAY del día que nos llevaron a clase de educación física y nos hicieron darle no sé cuantas vueltas al terreno ese trotando, y ahí nos veían la fila de niñas inhale caño, exhale carbono, inhale caño, exhale carbono mientras de pronto, sin darme cuenta se me acercó un puerco grandísimo, que les juro hubiera alcanzado para 125 Big Macs o para la caja de ahorros de Carolina de Mónaco y me empezó a perseguir. Yo corría, las niñas gritaban, todo un show se los juro, hasta que se le cansaron los jamones al animal aquel y ya no pudo más.

-¡Marrana de mierda!- grité, -Sí, estúpida puerca maldita- me burbujeó por el esófago subiendo un grito que ya no se escuchaba de una niña cualquiera, si no de toda una laringe de mujer.

Y se hizo el silencio más profundo, no se escuchaban ni las cuerdas desafinadas de los demás niños, ni el viento, no se oía NADA.

Mi hermana se volteó a mirarme, como diciendo, "Óyeme no, conmigo no te metas", pero yo me volteé rápido y le dije, "No es para ti, tú eres estúpida pero no marrana" (hay que respetar a la familia)

Y así, nos sacudimos el uniforme como quien tirara las migajas de una galleta con sabor a malas palabras al suelo, y nos regresamos a esperar a mi mamá a que llegara por nosotras, con la vista perdida en el horizonte y una sonrisa maliciosa de satisfacción que Dios guarde la hora.

Así que ya saben todos. Cuando llegues a tener un problema o te agobien las malas jugadas de la vida diaria, búscate un barranco para limpiarte el alma.




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