24 octubre 2005

LA TERAPIA DEL MOLCAJETE

LA TERAPIA DEL MOLCAJETE


Mi suegro es un viejecillo muy buena gente. Tiene 84 años y una vitalidad de muchachito de 20 que Dios guarde la hora. Su padre nació en España y se vino vivir a México muy joven, de ahí que echara raíces en estas tierras.

Mi suegro dice que es el único que puede sacar la nacionalidad española para que así sus hijos también la tengan y luego los nietos y así. Todavía no se tramita el dichoso papel y el susodicho está emocionado, hasta el muy odioso empieza a cecear y a fumar puro, echando humo por toda la casa como locomotora vieja por donde pasa y yo detrás de él, con el aromatizante de ambiente y todo para que mis hijos no lo empiecen a odiar ahora que todavía son tan niños.

Lo llevé a la cocina a que me acompañara a hacer una salsa de esas riquísimas de molcajete para la comida mientras le echaba yo mi catálogo de preguntas. Y es que no entiendo porqué quiere cambiarse de nacionalidad si México nos ha dado tantas cosas. Aquí nacieron nuestros padres y nuestros hijos, en la puerta de la recámara del hooligan está colgado un póster tamaño caguama de su amadísimo equipo de los Pumas, en ésta bendita tierra vimos a Hugo Sánchez darse maromas como de cirquero mientras nos llenaba el pecho de gloria, de aquí es la Guevara, que corre como cohete a propulsión y lleva no sé cuántas medallas, aquí simplificamos tanto la vida que ni siquiera tienes que aprenderte los nombres de las personas, nada más con que digas “guey” y ni quien se enoje. Aquí tenemos tortillas, aguacates, chiles en nogada, flores de nochebuena, playas preciosas, un presidente que usa botas, pirámides y gente. Eso, sobretodo gente que jamás te deja solo ni en los peores momentos.

El susodicho escuchaba burlón, empinándose al mismo tiempo una cosa rellena de vino tinto que parece mamey caduco pero que le llaman "bota" ahora que tiene su síndrome de baturro, mientras yo iba levantando el tono de voz y le mostraba un chile poniéndolo frente a su nariz y luego ya dejándolo al centro del molcajete, de un solo golpe con la piedra esa, lo dejaba más machacado que el Gerber de un bebé.

El susodicho ya no dijo nada. Tiró el puro y me dijo con una voz muy nacional, “Vieja, tráete las tortillas y el tequila pa brindar.”

Yo por si las moscas voy a tener el molcajete este muy a la mano, por si acaso un día este hombre empieza a cecear y a querer comer morcilla y tenga yo que darle la terapia subliminal del chile molcajeteado otra vez.



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