20 octubre 2005

UN TESORO LLENO DE TILICHES

EL TESORO DE LOS TILICHES


Ayer que guardaba la ropa del susodicho en su clóset, descubrí detrás de la Torre de Piza de playeras un estuche color café que nunca antes había visto. Parece mentira que a estas alturas conociéndole hasta los ronquidos al marido todavía ande una descubriendo cosas. Por supuesto lo abrí y me di cuenta que no era un estuche cualquiera, ¡eran sus tesoros! Y es que cada quien tiene sus guardaditos por ahí, son esas cosas que tienen un significado especial y se quedan impregnados de algún episodio que bien sabes permanecerá por siempre.

El estuchito traía boletos de un partido de fútbol México - Alemania sabrá Dios de qué año, unos dientes que no me sorprenden, porque si vivieran con un odontólogo sabrían que en lugar de arroz en la alacena hay enfiladas delante de los cereales 10 dentaduras. Pero estos eran los 2 primeros dientes que hizo el susodicho cuando estudiaba.




De ahí que me pusiera a pensar que en esta casa, como supongo en todas, cada quien tiene lo suyo. Y así me puse a buscar por todos lados como si trajera yo mi mapa, para desenterrar los tesoros de cada uno.











Descubrí que el tesoro de mi querido hooligan es una piedra que ama por sobre todas las cosas. Se la trajo del campo e hizo que el susodicho la subiera hasta su recámara y ahí la tiene, no se duerme con ella porque se le destroza la cama, pero esta piedra vino a ser algo así como el suplente del chupón, el trapito y hasta el osito de peluche.

Lady Pubertiana guarda una bolsa de papel donde alguien le dio un regalo. Yo no sé qué tanto signifique para ella, pero ahí la ves, siempre presente en su recámara y saldrá todo de ahí, pero la bolsita aquella ni por equivocación.

Yo confieso que guardo 3 pares de pantuflas. Y cada vez que saco las cosas viejas las veo y la nostalgia y el cariño me vuelven a renacer, y es que unas son de mi papá, otras me las compré para el hospital cuando nació Lady Pubertiana y las otras son de lo mismo pero de mi querido hooligan. Ya están feas y viejas, todas desgastadas pero ahí siguen al pie del cañón guardándose en el polvo los mejores momentos de mi vida.

A ver si no terminamos un día enterrando nuestros tesoros, como en los cuentos de piratas, y queden allá perdidos en alguna isla desierta, donde algún día alguien por casualidad los encuentre y piensen que no tienen ningún valor, aunque para nosotros hoy estos tiliches sean invaluables.


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