12 septiembre 2005

LLENA UN TARRO Y DATE DE SANTOS

LLENA UN TARRO Y DATE DE SANTOS


Hace unos días encontré empacado en una caja de cartón que había quedado olvidada de la mudanza, un tarro de vidrio lleno de semillas de frijol.

A mis hijos les gusta esculcarlo todo, yo creo que en su otra vida fueron agentes aduanales por que todo cajón que exista en la casa lo revisan completito y hasta los muy mañosos confiscan cosas, son todo un caso pero hay que comprenderlos.

-¿Y eso para qué lo guardas?- preguntaba mi querido hooligan, -¿qué, en tu época en lugar de ahorrar monedas ahorraban frijoles?- me decía muy tierno el escuincle este.

De pronto me acordé, pero ni modo de contarle a este niño que de recién casados el susodicho inauguró ese tarro echándole un frijol por cada vez que hacíamos el amor. Decía que los matrimonios fresquesitos ni Dios mismo los paraba, pero que ya cumpliendo un año la cosa cambiaba y entonces si querías podías volver a empezar pero esta vez sacando un frijol por cada vez y no acababas nunca, ¡Qué tiempos aquellos donde no conocíamos casi el sol!

-Pues son frijolitos mijo, frijolitos que guardábamos para el hambre- le expliqué a este pobre niño que tiene todavía los oídos castos.

-Ay ma, pero si mi papá tiene allá arriba otros 3 tarros llenos de frijoles, ¿para qué guardas este entonces?- me preguntaba muy intrigado el pobre.

-Es que a tu pa-pi se le quitó mucho el hambre mi amor- le decía mientras buscaba los ojos del susodicho a ver qué cara estaba haciendo.

-¿Pero verdad mi vida que ya vamos a comer maaaás? – le decía yo al susodicho que no cabía de contento festejando en su reposet el pase al mundial de su amadísima Selección Mexicana.

-Ahh sí, tráiganse una botanita ¿no? – nos contestaba el susodicho sin despegar la vista del balón porque cuando oye la palabra comer, así esté mimetizado el hombre en Director Técnico, todo se le antoja.

En eso mi querido hooligan se le acercó con el tarro aquel y el susodicho lo vio horrorizado pensando que eso le traían de botana cuando de pronto lo reconoció y por un instante levantó los ojos al techo y se mordió los labios, ese gesto que hace cada vez que quiere acordarse de algo, y luego se sonrió.

Ya no dijo nada. Terminamos de revisar la caja, de separar lo que se iba a tirar y lo que iban estos niños a confiscar y nos fuimos a cenar.

-Hoy cenamos frijolitos- me susurró al oído el susodicho.

Yo como que no quiere la cosa voy a sacar todos los frijoles habidos y por haber en esta casa, porque me dejo de llamar María del Carmen si este hombre no se acaba los 3 tarros que le quedaron pendientes.

He dicho.


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