21 septiembre 2005

EL HOOLIGAN PATRIOTA

UN HOOLIGAN PATRIOTA


Estos días como ustedes saben se organizó fiesta para celebrar el Día de la Independencia de México. Anduvimos muy culturales pues primero nos mandaron de la escuela al Castillo de Chapultepec para que el hooligan conociera la historia de los Niños Héroes.

Pero el hooligan estaba más interesado en las ardillas que nos venían siguiendo que lo culturoso del asunto y lo único que logró despertar su atención fueron una piedra grande que tenía una placa con una inscripción diciendo que justo ahí había caído muerto Juan Escutia, y una señora que vendía burbujas de jabón mientras cantaba muy mal entonada.




-¿Y se le habrán salido las tripas? ¿Habrá caído de cabeza primero? – Me preguntaba el muy tierno escuincle que ya es morbosillo desde chiquillo.

De ahí se le pegó la tonadita de la señora aquella y lleva tres días a ronco pecho cantando “Tápame con tu rebozo llorona porque me muero de frío” el pobre. Por más que le ponemos la grabadora con música rockera de Lady Pubertiana para que se le pegue otra canción, él sigue con el tono del rebozo de la llorona, ¡Madre de Dios! Muy inspirado que nos resultó el escuincle este.

Pero la desgraciada de Lady Pubertiana que ya estaba hasta la coronilla de estar escuchando el do de pecho de su hermano le contó la leyenda de la Llorona, ya saben, la de los lamentos escalofriantes de “¡Ay mis hijos, Ay mis hijos!” de una mujer que se quejaba después de que ella misma mató a sus hijos.

-Cantando eso la invocas y a medianoche se nos va a aparecer – le dijo la muy sádica.

Al hooligan le importó muy poco y toda la tarde siguió con su voz tipluda la tonadita aquella, que ya hasta estoy pensando que si no sirve para la escuela lo inscribo con los escuincles esos que gritan los números de la Lotería.

-¡Ay estos niños, estos hijos míos! – le iba yo diciendo al susodicho mientras nos subíamos a dormir, contándole que ya estoy harta de ser referí de este par de gallos de pelea.


Los encontramos abrazados, pálidos y temblando.

-Es que oímos a la llorona- dijeron

El susodicho no paraba de reírse. “¡Te dijeron llorona!” decía y se volvía a retorcer de la risa.

Yo no sé, pero yo me encargo de que la leyenda cambie y el único lamento que se va a escuchar de hoy en adelante es “¡Ay mi marido, Ay mi marido!”


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