13 julio 2005

Secuestrando al enemigo

SECUESTRANDO AL ENEMIGO


El susodicho está dejando de ser mi marido. Ahora es como un pariente al que le tengo cariño, que le tengo tanta confianza que hasta me duermo con él, me cae tan bien que hasta le dejo tomar de mi vaso y hemos roto a tal grado el turrón que hasta me deja que le robe sus playeras para usarlas de pijama, y es que señores, ya no se preocupen en andar gastando dinero en anticonceptivos revolucionarios, ¿para qué? Mándenme un e-mail y con todo gusto les envío a mi querido hooligan que es más eficaz que cualquier otra cosa, ya cuando quieran familia me lo pueden mandar de regreso.

Dice Diana, una amiga, mientras andaba pastoreando a sus dos hijos que son todavía muy chiquitos que ella se logra dar sus escapadas de vez en cuando con su marido y se va al cine o a cenar. Y yo la escuchaba mientras me despertaba la glándula de la envidia que estaba por inflamarse.

-¿Tú no sales? – Me preguntó

-Pssss no, nunca – le dije

-¿Nuuuuuncaaaaaaaa?- me pregunta más sorprendida todavía.

-Pssss no- le contesté mientras reflexionaba que “mi pariente” el susodicho ya ni siquiera me propone algo indecoroso. Es que yo quiero sexooooo, violenciaaaaaaaa, sangreeeeeeee, pero él ni cuenta se ha dado. Voy a buscar en páginas del internet todo sobre los secuestradores a ver si me robo una de sus técnicas y me resulta sacarlo fuera aunque sea por la fuerza, y si acaso alguien piadoso da recompensa por él, bien la podemos usar para pagar un restaurantito que tenga mantel de tela.


Todo sea por tener buenas relaciones con mi pariente este.

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