04 marzo 2005

DE TAL PALO...TAL ASTILLA

El susodicho erró la profesión cuando eligió ser odontólogo. Su vocación es para los animales aunque no dudo que en la vida le toque revisar la boca de algún animal de dos patas.

Me llenó la casa de perros. No eran perros de esos peluditos, tiernos que se antoja apapachar. No. Estos eran raza Pointer, de esos que llevan a las cacerías y se plantan como efigie egipcia y apuntan a donde este la presa.

Toda la vida me trajo mareada con que le regalaron un cachorrito hasta que un día que invité a comer al Abuelo (su papá) se le salió decir algo de donde lo había comprado. Entonces mi odio hacia su vocación frustrada de veterinario y su inclinación por las cacerías creció a su raíz cuadrada.

Cuando tenía a casi todo el árbol genealógico de La Ross (la perra disque regalada) viviendo en casa porque ni Lady Pubertiana ni mi querido hooligan querían regalar a ningún cachorrito, les puse un ultimátum. O nos deshacemos de los 7 perros incluyendo al inútil del esposo de la Ross o la que se va de cacería a buscar algún marido farmacobiólogo soy yo, (me imagino esos han de ser tan ideáticos que han de odiar los pelos, el olor y el excremento porque todo les parecerá bacterias dañinas).

Subí la camarita y cada perrito modeló su mejor pose y los anuncié por internet. No soy tan desgraciada, me fijé bien a quien se los regalaba y les busqué alguien que les jurara amor y dedicación eterna.

De aquel zoológico ya nada más quedan 2 tristes canarios que son la clonación del susodicho y yo pero con plumas. Ahí los ves todo el santo día peleando y compitiendo por hacerle saber uno al otro de qué cuero salen más correas y al final del día, se duermen esponjaditos, muy juntitos sabiendo que mañana les tocará otro pelea a 3 caídas.

No hay duda, todas las mascotas se parecen a sus dueños.




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