22 mayo 2006

UN SILLÓN DE BUENOS RESORTES

UN SILLÓN DE BUENOS RESORTES


Ayer domingo que nos quedamos encargados de cuidar a los hijos de Betroc, mi hermana, que son dos + el vecinito que nos viene a visitar seguido + el hooligan que es un diablo = 10 canas que no tenía antier. Nos lo llevamos a un parque que está como a 10 minutos caminando ¡qué bruto! Una de subidas y bajadas que tiene la calle que nunca le había visto antes. Llegamos y al parque lo están arreglando, toda la tierra removida que parecía que había caído una bomba, pero los niños felices, luego luego le encontraron utilidad a tanto montón de tierra. Subieron y bajaron 2,500 veces que ni en un día completo de spinning les juro.

Yo me cansé de las pupilas, porque también una se cansa de ver, y más que les tomé 10 mil fotografías. Luego volteé y ví al susodicho recargado en los columpios y me acerqué despacito para que no pusiera su cara de “whiskeyyy” y le tomé una foto. Ya cuando vine a la computadora a verlas que veo al susodicho ¡Ay Dios! Como si hubiera entrado a la misma casa de toda la vida y alguien hubiera cambiado los muebles de lugar, ¿Quién me puso un sillón tan pero taaaan guapo aquí, así con el tapiz de que no se rasura los domingos, y con ese color entre opaco y entrecano que le sienta tan pero taaaan bien y con el cojín abultado de tantos cacahuates japoneses y con esa mirada que siempre me ha gustado de me he de comer esa tuna aunque me espine la mano?

Y una que entra a la casa como por osmosis, siempre de corridito sin mirar alrededor, sin darse cuenta que el sillón este de 16 años de uso continuo todavía tiene los resortes tan bien puestos ¡caray!

Por eso es que no hay que cambiar los muebles así como así, total que viejos son los resortes y siguen echando brincos ¡faltaba más!



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